Sunday, May 14, 2006
Chula Vista de gala reflexiva con Cornel West
Con el sentido del humor que lo ha hecho el más aplaudido de los intelectuales contemporáneos y con una enorme sencillez, Cornel West, catedrático de Princeton University, declinó tres invitaciones para presentarse en South Western College.
"Es aquí, en Chula Vista, donde las cosas ocurren y se mueven", dijo dirigiéndose a los estudiantes afro y mexico americanos. "Aquí es donde un profesor cree en ti y ve en ti una esperanza".
Por encima de los protocolos, West actúa y habla como si estuviera en casa
Una tarde antes estuvo en Harlem y de ahí, dejó la costa este para aterrizar en Chula Vista. Es aquí, sentenció con el índice apuntando hacia el suelo, donde un profesor descubre el talento de uno de los nuestros y lo apoya para que alcance su sueño.
Cornel West habló del tema de su libro más reciente, Democracy Matters, ante una audiencia diversa, participativa y receptiva a sus comentarios acerca de cuanto ocurre hoy en Estados Unidos. Vivimos en una "pigmentocracia". Mentira que el problema de la inmigración sea solamente eso. Si así fuera el discurso y las acciones no serían selectivas. Y se persigue al mexicano y al moreno, nada más.
West evocó, con elocuencia y pasión, la complejidad que hace que muchos seguidores de las iglesias cristianas hayan votado por su propio candidato a pesar de que sus pastores los conminaron a votar por Bush. “Entienden que su pastor se equivoque en política pero deciden ellos mismos que decisión tomar en las urnas…” Pero ya es tiempo, cerró la máxima, de repudiar a quienes no piensa en nosotros y como nosotros.
"Pero tenemos que comenzar a no apoyar en nada a quienes no piensan en nosotros y votan como nosotros".
El verdadero huracán es la pobreza
No podemos perder el tiempo en odios.
Povertina bautizó a la realidad que golpeó a los hermanos negros y morenos de Louisiana, antes que Katrina. El terrorismo es algo que las comunidades afroamericanas han vivido siempre, antes y después del 11 de septiembre. Y contra el odio racial, no queda sino ser creativos, como aquella madre de Alabama que nos invitó a no perder un minuto de tiempo odiando y toda la vida luchando. Todos nosotros hemos tenido que luchar contra el "institutional loathe". "Los jóvenes afro americanos y chicanos tienen que lidiar con una policía que los selecciona y agrede". Eso también es terrorismo, dijo West. "Nuestras comunidades lo han padecido por siglos".
Los hispanos y los afroamericanos deben comenzar a verse sin que entre ellos medie el filtro impuesto por los blancos. Unirse contra los terroristas y aquello que llamó, argumentando que la verdad debe ser dicha, el odio institucional. "¡La verdad debe ser dicha tal y como es!"
Casi a la par de los aplausos que al unísono se escuchaban entre la multitud que abarrotó el gimnasio del colegio comunitario localizado en la frontera entre Chula Vista e East Lake, West aplaudió que los migrantes hispanos hayan llegado a Nueva Jersey “oh, they do not stay in Chula Vista…” agregó con humor. Y les damos la bienvenida en Jersey, dijo. Paradójicamente, nos encontrábamos localizados en un auténtico frente de la geografía sandieguina, la H y Otay Valley Road, donde un orpobiosamente moderno apartheid divide traza una línea –qué digo, un muro- entre el mundo monocromo de la cultura dominante y al resto, diverso, rappero, volcado hacia la comunidad y el entreveramiento de varias generaciones. Yeahhhh! se escuchaba desde la audiencia en la voz de varios, entre los que distinguimos a una joven de Fresno, presente con su puño que se levantaba enérgico, cubierto por un guante negro.
Una comunidad organizada asusta a sus explotadores
West evocó la dignidad de los hispanos que salieron a la calle el pasado abril. “Y eso que no eran todos", dijo al rematar con una expresiva sonrisa. "El resto estaban en casa, cuidando a los niños".
West dijo con convicción que la presencia que se vio en los pasados días indica que hay una comunidad que está dispuesta a luchar y a organizarse. "No es cierto que los jovenes hispanos sean solo gangsters. Los vimos elevarse sobre ese espereotipo cuando, aún amenazados por sus maestros y directores salieron a defender la dignidad de sus padres trabajadores el pasado abril".
No podemos acomodarnos y actuar como si no pasara nada
Importante, conminó Cornel West, no perder la perspectiva que relaciona a la migración ilegal con el tratado de libre comercio, con la codicia de las corporaciones y con la desigualdad que nos ha convertido en trabajadores que no conseguimos vivir dignamente con nuestros salarios.
Emily Hicks saludó a West, viejo colega, y fue al punto de las acciones a tomar por parte de la comunidad.
“No podemos conformarnos y acomodarnos a esta realidad. Debemos impedir que el conformismo nos haga perder de vista la lucha por la dignidad y el sentido humano de la compasión y la comunidad”. Mientras muchos ganan sueldos que no alcanzan para vivir dignamente, arriba, unos cuantos gozan de riqueza insultante: "La desigualdad es la principal evidencia de cómo funcionan las cosas".
Un público receptivo y comprometido.
El público vino de todas partes, de Fresno, de Orange, del norte del condado, de otras universidades, de Tijuana. Al concluir la charla la gente rodeó a West por más de hora y media solicitándole su firma en los ejemplares de Race Matters y Democracy Matters; un abrazo, una foto, un intercambio de opiniones. El carisma de Cornel reinó en el recién inaugurado centro de estudiantes que vio arremolinarse a una insólita multitud deseosa de alargar el diálogo y compartir las impresiones compartidas por una época de poca tolerancia y muchos y muy complejos problemas, de toda índole.
Al final de la fiesta pudimos eternizar el momento. Cornel West y María Bolívar a quien dedicó escueto Democracy Matters "to sis' Maria, Love.
"Es aquí, en Chula Vista, donde las cosas ocurren y se mueven", dijo dirigiéndose a los estudiantes afro y mexico americanos. "Aquí es donde un profesor cree en ti y ve en ti una esperanza".
Por encima de los protocolos, West actúa y habla como si estuviera en casa
Una tarde antes estuvo en Harlem y de ahí, dejó la costa este para aterrizar en Chula Vista. Es aquí, sentenció con el índice apuntando hacia el suelo, donde un profesor descubre el talento de uno de los nuestros y lo apoya para que alcance su sueño.
Cornel West habló del tema de su libro más reciente, Democracy Matters, ante una audiencia diversa, participativa y receptiva a sus comentarios acerca de cuanto ocurre hoy en Estados Unidos. Vivimos en una "pigmentocracia". Mentira que el problema de la inmigración sea solamente eso. Si así fuera el discurso y las acciones no serían selectivas. Y se persigue al mexicano y al moreno, nada más.
West evocó, con elocuencia y pasión, la complejidad que hace que muchos seguidores de las iglesias cristianas hayan votado por su propio candidato a pesar de que sus pastores los conminaron a votar por Bush. “Entienden que su pastor se equivoque en política pero deciden ellos mismos que decisión tomar en las urnas…” Pero ya es tiempo, cerró la máxima, de repudiar a quienes no piensa en nosotros y como nosotros.
"Pero tenemos que comenzar a no apoyar en nada a quienes no piensan en nosotros y votan como nosotros".
El verdadero huracán es la pobreza
No podemos perder el tiempo en odios.Povertina bautizó a la realidad que golpeó a los hermanos negros y morenos de Louisiana, antes que Katrina. El terrorismo es algo que las comunidades afroamericanas han vivido siempre, antes y después del 11 de septiembre. Y contra el odio racial, no queda sino ser creativos, como aquella madre de Alabama que nos invitó a no perder un minuto de tiempo odiando y toda la vida luchando. Todos nosotros hemos tenido que luchar contra el "institutional loathe". "Los jóvenes afro americanos y chicanos tienen que lidiar con una policía que los selecciona y agrede". Eso también es terrorismo, dijo West. "Nuestras comunidades lo han padecido por siglos".
Los hispanos y los afroamericanos deben comenzar a verse sin que entre ellos medie el filtro impuesto por los blancos. Unirse contra los terroristas y aquello que llamó, argumentando que la verdad debe ser dicha, el odio institucional. "¡La verdad debe ser dicha tal y como es!"
Casi a la par de los aplausos que al unísono se escuchaban entre la multitud que abarrotó el gimnasio del colegio comunitario localizado en la frontera entre Chula Vista e East Lake, West aplaudió que los migrantes hispanos hayan llegado a Nueva Jersey “oh, they do not stay in Chula Vista…” agregó con humor. Y les damos la bienvenida en Jersey, dijo. Paradójicamente, nos encontrábamos localizados en un auténtico frente de la geografía sandieguina, la H y Otay Valley Road, donde un orpobiosamente moderno apartheid divide traza una línea –qué digo, un muro- entre el mundo monocromo de la cultura dominante y al resto, diverso, rappero, volcado hacia la comunidad y el entreveramiento de varias generaciones. Yeahhhh! se escuchaba desde la audiencia en la voz de varios, entre los que distinguimos a una joven de Fresno, presente con su puño que se levantaba enérgico, cubierto por un guante negro.
Una comunidad organizada asusta a sus explotadores
West evocó la dignidad de los hispanos que salieron a la calle el pasado abril. “Y eso que no eran todos", dijo al rematar con una expresiva sonrisa. "El resto estaban en casa, cuidando a los niños".
West dijo con convicción que la presencia que se vio en los pasados días indica que hay una comunidad que está dispuesta a luchar y a organizarse. "No es cierto que los jovenes hispanos sean solo gangsters. Los vimos elevarse sobre ese espereotipo cuando, aún amenazados por sus maestros y directores salieron a defender la dignidad de sus padres trabajadores el pasado abril".
No podemos acomodarnos y actuar como si no pasara nada
Importante, conminó Cornel West, no perder la perspectiva que relaciona a la migración ilegal con el tratado de libre comercio, con la codicia de las corporaciones y con la desigualdad que nos ha convertido en trabajadores que no conseguimos vivir dignamente con nuestros salarios.
Emily Hicks saludó a West, viejo colega, y fue al punto de las acciones a tomar por parte de la comunidad.“No podemos conformarnos y acomodarnos a esta realidad. Debemos impedir que el conformismo nos haga perder de vista la lucha por la dignidad y el sentido humano de la compasión y la comunidad”. Mientras muchos ganan sueldos que no alcanzan para vivir dignamente, arriba, unos cuantos gozan de riqueza insultante: "La desigualdad es la principal evidencia de cómo funcionan las cosas".
Un público receptivo y comprometido.El público vino de todas partes, de Fresno, de Orange, del norte del condado, de otras universidades, de Tijuana. Al concluir la charla la gente rodeó a West por más de hora y media solicitándole su firma en los ejemplares de Race Matters y Democracy Matters; un abrazo, una foto, un intercambio de opiniones. El carisma de Cornel reinó en el recién inaugurado centro de estudiantes que vio arremolinarse a una insólita multitud deseosa de alargar el diálogo y compartir las impresiones compartidas por una época de poca tolerancia y muchos y muy complejos problemas, de toda índole.
Al final de la fiesta pudimos eternizar el momento. Cornel West y María Bolívar a quien dedicó escueto Democracy Matters "to sis' Maria, Love.Tuesday, May 02, 2006
Flores de mayo
"La unión hace la fuerza..." ¡Jamás un dicho había significado tanto!
Escondido
Salieron, brotaron, despertaron. La gente sale a la calle y se descubre. No debe haber acto más bello que la espontaneidad, la limpieza con la que se encuentran, se ven, se descubren. Por la mañana fui a Escondido. Eran las ocho. La cita, parecía, era en La iglesia de los olivos. En el edificio de la que fuera una iglesia metodista se ha instalado una iglesia católica. Otra migración, la separatista, la dejó vacía y los hoy vecinos del pueblo de Escondido volvieron a habitarla con sus rezos. Hoy llegaron a pedir por su futuro y de aquí partieron hacia las calles, rondando casi con solemnidad que fue haciéndose alegría.
Joel tomó el magnavoz temporalmente. Su voz tranquila no daba discursos, no llevaba palabras domingueras. Apenas el llamado sereno a unirse. "La unión hace la fuerza". "No se queden mirando". "Despierten". Y poco a poco, vuelta a vuelta, la marcha fue creciendo. "Vamos..." Eso fue todo lo que dijo Bertha cuando sumó a la marcha a tres de su familia. Salieron de un garaje. Luego siguieron Juan, Roberto, muchos más. Iban curiosos, mirando a su alrededor. Miraban, qué digo, se miraban. Como yo iban sorprendidos. Los años noventa parecen habernos propinado un tremendo aislamiento. Ahora la sorpresa es enorme, intensa, fuerte. Somos miles y miles y miles.
Los chicos llevan banderas. Las cargan en sus manos, en sus bolsillos, en la frente. Se envuelven con ellas, son parte natural de su existencia. De dónde salen tantas. De una tiendita del bulevar salen fresquitas, sedosas, limpias. Parece que andan solas porque van extendidas y apenas si asoman las dos manos que las portan. Alguien acaba de coserlas. Son las manos que cosen de día, en las fábricas. Han confeccionado a granel banderas para todos. Predominan las barras y las estrellas, pero hoy hay más. Veo El Salvador y Nicaragua y uno comenta que falta la de Guatemala. "Las banderas son gratis, hoy no se compra" grita uno de los que van marchando. Los que las ofrecen esconden el rostro y ríen. Su don empresarial les avisó que habría que estar oportunos, vendiendo, pero se sienten culpables.
Continúan las sorpresas. "Súbanse a las banquetas, gritan algunos". Los coches comienzan a encenderse. Pero no nos atacan, nos aplauden. En los volantes, aferrados al claxon, se han vuelto las campanas de un pueblo que tañen incesantes. De cada ventanilla aparecen los brazos. No todos son morenos. Algunos blancos saludan, aunque la mayoría transitan azorados.
Escondido, a la luz, es un barrio de ricos. Los ranchos esparcidos por los cañones son el terreno protector de grupos antiinmigrantes. Pero hoy apareció su población que habita las profundidades. Salió de todas partes. Y claro, no estaba en los campos, que lucieron vacíos, como lucieron vacíos los estacionamientos de los centros comerciales, las calles, las carreteras, los invernaderos, las escuelas. En la columna larga que circuló de Grand a Fig, a Grape, a Washington, fue creciendo y creciendo.
Vista
Hasta la esquina de East Vista y Escondido Avenue han ido a dar los primeros camiones -las trocas- con sus banderas colocadas sobre un mismo palo. Ondeando juntas van dos naciones; así ondean en cada alma. Fueron colocadas para ondear, como si fuesen las mensajeras de un día muy especial. La población hispana de Vista sale también de todas partes. Van al parque de enfrente de la escuela Lincoln, que hoy está prácticamente vacía. Vinieron en familias, desde el abuelo hasta el niño pequeño.
"Mi mamá es polla y mi papá también" puede leerse en la camiseta de David. La de su hermanito condena la propuesta HR. Con familiaridad todos la nombran. Es la condena de la comunidad. "Nos criminaliza" oigo que comentan entre sí. Hay alegría y vida en este conjunto de personas que va creciendo por minuto. Como Escondido, Vista ha salido a la calle, pero acá, a diferencia de allá, son las once. La gente está contenta, tiene ganas de bailar. En los micrófonos anuncian un número musical. "Es el fundador del conjunto cañaveral", dice José a mi lado. Y los aplausos crecen.
No hay empujones, no hay malestar, no hay caras largas. Los policías controlan el tráfico y miran azorados. Desde las banquetas, en grupitos de tres, ven llegar a la gente. No han visto nada para entonces y ya se quedan callados, observando. ¿Qué pensarán? Su comportamiento es amable, no interfieren. La gente está en lo suyo, uno diría mundos aparte.
Toda la ciudad...
En todas direcciones van las trocas, las troquitas, los blazers. Llevan banderas a los lados. Es un lugar común del día, la bandera que ondea. Ahora voy hacia el sur por el free way. Parecería que la ciudad ha muerto. No hay tráfico en el quince. ¡No hay tráfico en el quince! Todos los días padecemos el quince como un vía crucis de llantas y escapes y contaminación. Hasta el odio racial parece habernos dado un receso. Las banderas ondean aquí y allá. Cuando se reconocen los rostros se tocan, sacan un puño o un pulgar hacia arriba por la ventanilla.
Barrio Logan/Varrio Logan
La línea divisoria en esta ciudad, la segunda frontera es el free way ocho. Los angloamericanos la conocen como la línea de la muerte. "No viajo al sur del ocho", "Está al sur del ocho", "Más allá del ocho". Hace ya más de una década que al sur del ocho sólo van los intrépidos o los pioneros que buscan reconquistar el sur de una ciudad que abandonaron las mentes racistas. Se fueron al noreste, al norte, a las colonias bardeadas de La Costa, de Leucadia, de Scripps, de Santa Fe. Al sur del ocho quedaron los vestigios de una ciudad sencilla, de casas de madera. El descuido ha crecido, el abandono. Últimamente una embestida revitalizadora ha querido arrancar a los inquilinos de todos los edificios sus viviendas maltrechas. "Condo conversion". Llegan los arquitectos, miden, aprecian y luego los llamados de ley para avisar que tendrán que irse los inquilinos, abandonar el sitio donde habitan.
Pero luego por meses los nuevos condos quedan vacíos. La gente no quiere volver al sur, al sur del ocho.
En Logan viven al cien por ciento mexicanos e inmigrantes de otras etnias. Muy pocos afroamericanos todavía quedan en National City, barrio vecino. 59 por ciento son hispanos, incluido su alcalde. En Logan, las calles se han llenado de banderas vivientes. A diferencia de Vista y de Escondido en Logan la que ondea es la bandera mexicana. Barrio Logan es multinacional, Puerto Rico, República Dominicana, Nicaragua, El Salvador, México, México, México.
En la base del puente que va hacia Coronado los murales setenteros son muestra de un tiempo espléndido que el viento y la memoria parecía haberse llevado. Hoy son el escenario de una fusión insólita: El coraje, la alegría, las ganas de verse. "Viva México" anima desde un coche bajo un hombre que luce la camisa de la selección y la bandera de las barras y las estrellas sobre los hombros.
Y ondean y ondean las banderas al aire. La gente llega con nuevas banderas, sigue llegando... sigue llegando... Hay muchísimos jóvenes. Abuelos jóvenes, madres muy jóvenes con sus bebés en brazos y niños, un montón de niños. De la escuelita King Chávez sale una hilerilla de niños. Su maestra les pide orden y los guía. Protestan con carteles pequeñitos. A su lado una mujer nos muestra una pancarta que exige trato digno para las comunidades migrantes.
La Dairy Mart
De diario la Dairy Mart funciona como un mundo aparte. Su Plaza de las Américas está diseñada para atender a una población que cruza para comprar. En el extremo de la línea está la glorieta de los adioses, con su hilera de teléfonos desde donde hablan los que se van o los que avisan que llegan a sus casas. Máximo tres minutos dice el letrero que autoriza la descarga de pasajeros. Esta glorieta es el punto a donde descienden quienes se van a Tijuana. La mayoría son trabajadores, de casas, de empresas de limpieza industrial. Hay costureras, obreros, constructores. A eso de las seis, a diario, vuelven a casa.
El tráfico infernal es algo para contarse. Hoy no lo hay, no hay prisas ni insultos, solo sorpresa. Desde el parque César Chávez ha comenzado a fluir una marcha espontánea. Ahí hay un rally de miles que bailan y conversan. También hay venta de camisetas. Ilegales son Bush y Condolezza y Rumsfield, ellos cruzaron ilegales hacia Irak.
Sobre el último puente antes de llegar a México lucen cual habitantes de otro mundo las parabólicas. Está Fox, el ocho, el diez, Univisión. Una hilera de antenas apuntan hacia el país del sur, el que de común ignora la mayoría. Hay tantos reporteros que forman en sí una manifestación de curiosos. A mi lado la reportera de Fox da un recuento somero de cuanto ocurre. Van en hilera, consigna. Los escoltan, en fila, también, cuatro patrullas. Van en paz, pacíficos, no ha habido incidentes.
La sorpresa entre los reporteros es esa. Llevan años difundiendo los crímenes al sur del ocho. Sólo los crímenes llevan a la comunidad hispana a la pantalla y hoy, ay hoy, el estereotipo se les cae, estrepitoso. No hay crímenes, no hay desorden. Sólo una larga hilera de pacíficos que protestan.
Parque Balboa
Mi última parada es Balboa. Los números aumentan, el entusiasmo y la alegría también. Ha sido una jornada exitosa para mi comunidad. Me sorprendo del orden, la capacidad de convocatoria, la rapidez en la organización, otra vez la espontaneidad. La genuina presencia de la espontaneidad conmueve, llama a las lágrimas. Son gente común. No hay líderes, no parece haberlos, digo evidentes, colmilludos, políticos. No hay discursos, no hay sino espontaneidad, frescura, ganas de reconocerse. "Ya nadie nos para..." dice uno al tiempo en que lanza una risa nerviosa. Todos se miran, se sonríen, se observan desde adentro. Es una sorpresa mayúscula para todos ver a tantos.
Al otro lado de la banqueta uno sale a oponérsele a la bola. Uno, uno, uno. Ni siquiera consiguió convocar a un amigo, a su esposa, a algún otro pariente. Se lo pregunto y no hay respuesta. Está solo y lleva su pancarta, "contra la migración ilegal".
Y el río de gente viene de Laurel, de la Sexta, se junta en este parque desde donde los sueños se escapan hacia el cielo. La muchedumbre es como un montón de flores que han brotado del suelo, de los campos, de los caminos. Se han visto y siguen sorprendidos. Sorprendidos estarán también quienes se empeñan en no verlos. ¡Cómo es posible!
No hay más palabras. Siento emoción y continúo asombrada. Apenas las imágenes para decirme que fue cierto.
Escondido
Salieron, brotaron, despertaron. La gente sale a la calle y se descubre. No debe haber acto más bello que la espontaneidad, la limpieza con la que se encuentran, se ven, se descubren. Por la mañana fui a Escondido. Eran las ocho. La cita, parecía, era en La iglesia de los olivos. En el edificio de la que fuera una iglesia metodista se ha instalado una iglesia católica. Otra migración, la separatista, la dejó vacía y los hoy vecinos del pueblo de Escondido volvieron a habitarla con sus rezos. Hoy llegaron a pedir por su futuro y de aquí partieron hacia las calles, rondando casi con solemnidad que fue haciéndose alegría.
Joel tomó el magnavoz temporalmente. Su voz tranquila no daba discursos, no llevaba palabras domingueras. Apenas el llamado sereno a unirse. "La unión hace la fuerza". "No se queden mirando". "Despierten". Y poco a poco, vuelta a vuelta, la marcha fue creciendo. "Vamos..." Eso fue todo lo que dijo Bertha cuando sumó a la marcha a tres de su familia. Salieron de un garaje. Luego siguieron Juan, Roberto, muchos más. Iban curiosos, mirando a su alrededor. Miraban, qué digo, se miraban. Como yo iban sorprendidos. Los años noventa parecen habernos propinado un tremendo aislamiento. Ahora la sorpresa es enorme, intensa, fuerte. Somos miles y miles y miles.
Los chicos llevan banderas. Las cargan en sus manos, en sus bolsillos, en la frente. Se envuelven con ellas, son parte natural de su existencia. De dónde salen tantas. De una tiendita del bulevar salen fresquitas, sedosas, limpias. Parece que andan solas porque van extendidas y apenas si asoman las dos manos que las portan. Alguien acaba de coserlas. Son las manos que cosen de día, en las fábricas. Han confeccionado a granel banderas para todos. Predominan las barras y las estrellas, pero hoy hay más. Veo El Salvador y Nicaragua y uno comenta que falta la de Guatemala. "Las banderas son gratis, hoy no se compra" grita uno de los que van marchando. Los que las ofrecen esconden el rostro y ríen. Su don empresarial les avisó que habría que estar oportunos, vendiendo, pero se sienten culpables.
Continúan las sorpresas. "Súbanse a las banquetas, gritan algunos". Los coches comienzan a encenderse. Pero no nos atacan, nos aplauden. En los volantes, aferrados al claxon, se han vuelto las campanas de un pueblo que tañen incesantes. De cada ventanilla aparecen los brazos. No todos son morenos. Algunos blancos saludan, aunque la mayoría transitan azorados.
Escondido, a la luz, es un barrio de ricos. Los ranchos esparcidos por los cañones son el terreno protector de grupos antiinmigrantes. Pero hoy apareció su población que habita las profundidades. Salió de todas partes. Y claro, no estaba en los campos, que lucieron vacíos, como lucieron vacíos los estacionamientos de los centros comerciales, las calles, las carreteras, los invernaderos, las escuelas. En la columna larga que circuló de Grand a Fig, a Grape, a Washington, fue creciendo y creciendo.
Vista
Hasta la esquina de East Vista y Escondido Avenue han ido a dar los primeros camiones -las trocas- con sus banderas colocadas sobre un mismo palo. Ondeando juntas van dos naciones; así ondean en cada alma. Fueron colocadas para ondear, como si fuesen las mensajeras de un día muy especial. La población hispana de Vista sale también de todas partes. Van al parque de enfrente de la escuela Lincoln, que hoy está prácticamente vacía. Vinieron en familias, desde el abuelo hasta el niño pequeño.
"Mi mamá es polla y mi papá también" puede leerse en la camiseta de David. La de su hermanito condena la propuesta HR. Con familiaridad todos la nombran. Es la condena de la comunidad. "Nos criminaliza" oigo que comentan entre sí. Hay alegría y vida en este conjunto de personas que va creciendo por minuto. Como Escondido, Vista ha salido a la calle, pero acá, a diferencia de allá, son las once. La gente está contenta, tiene ganas de bailar. En los micrófonos anuncian un número musical. "Es el fundador del conjunto cañaveral", dice José a mi lado. Y los aplausos crecen.
No hay empujones, no hay malestar, no hay caras largas. Los policías controlan el tráfico y miran azorados. Desde las banquetas, en grupitos de tres, ven llegar a la gente. No han visto nada para entonces y ya se quedan callados, observando. ¿Qué pensarán? Su comportamiento es amable, no interfieren. La gente está en lo suyo, uno diría mundos aparte.
Toda la ciudad...
En todas direcciones van las trocas, las troquitas, los blazers. Llevan banderas a los lados. Es un lugar común del día, la bandera que ondea. Ahora voy hacia el sur por el free way. Parecería que la ciudad ha muerto. No hay tráfico en el quince. ¡No hay tráfico en el quince! Todos los días padecemos el quince como un vía crucis de llantas y escapes y contaminación. Hasta el odio racial parece habernos dado un receso. Las banderas ondean aquí y allá. Cuando se reconocen los rostros se tocan, sacan un puño o un pulgar hacia arriba por la ventanilla.
Barrio Logan/Varrio Logan
La línea divisoria en esta ciudad, la segunda frontera es el free way ocho. Los angloamericanos la conocen como la línea de la muerte. "No viajo al sur del ocho", "Está al sur del ocho", "Más allá del ocho". Hace ya más de una década que al sur del ocho sólo van los intrépidos o los pioneros que buscan reconquistar el sur de una ciudad que abandonaron las mentes racistas. Se fueron al noreste, al norte, a las colonias bardeadas de La Costa, de Leucadia, de Scripps, de Santa Fe. Al sur del ocho quedaron los vestigios de una ciudad sencilla, de casas de madera. El descuido ha crecido, el abandono. Últimamente una embestida revitalizadora ha querido arrancar a los inquilinos de todos los edificios sus viviendas maltrechas. "Condo conversion". Llegan los arquitectos, miden, aprecian y luego los llamados de ley para avisar que tendrán que irse los inquilinos, abandonar el sitio donde habitan.
Pero luego por meses los nuevos condos quedan vacíos. La gente no quiere volver al sur, al sur del ocho.
En Logan viven al cien por ciento mexicanos e inmigrantes de otras etnias. Muy pocos afroamericanos todavía quedan en National City, barrio vecino. 59 por ciento son hispanos, incluido su alcalde. En Logan, las calles se han llenado de banderas vivientes. A diferencia de Vista y de Escondido en Logan la que ondea es la bandera mexicana. Barrio Logan es multinacional, Puerto Rico, República Dominicana, Nicaragua, El Salvador, México, México, México.
En la base del puente que va hacia Coronado los murales setenteros son muestra de un tiempo espléndido que el viento y la memoria parecía haberse llevado. Hoy son el escenario de una fusión insólita: El coraje, la alegría, las ganas de verse. "Viva México" anima desde un coche bajo un hombre que luce la camisa de la selección y la bandera de las barras y las estrellas sobre los hombros.
Y ondean y ondean las banderas al aire. La gente llega con nuevas banderas, sigue llegando... sigue llegando... Hay muchísimos jóvenes. Abuelos jóvenes, madres muy jóvenes con sus bebés en brazos y niños, un montón de niños. De la escuelita King Chávez sale una hilerilla de niños. Su maestra les pide orden y los guía. Protestan con carteles pequeñitos. A su lado una mujer nos muestra una pancarta que exige trato digno para las comunidades migrantes.
La Dairy Mart
De diario la Dairy Mart funciona como un mundo aparte. Su Plaza de las Américas está diseñada para atender a una población que cruza para comprar. En el extremo de la línea está la glorieta de los adioses, con su hilera de teléfonos desde donde hablan los que se van o los que avisan que llegan a sus casas. Máximo tres minutos dice el letrero que autoriza la descarga de pasajeros. Esta glorieta es el punto a donde descienden quienes se van a Tijuana. La mayoría son trabajadores, de casas, de empresas de limpieza industrial. Hay costureras, obreros, constructores. A eso de las seis, a diario, vuelven a casa.
El tráfico infernal es algo para contarse. Hoy no lo hay, no hay prisas ni insultos, solo sorpresa. Desde el parque César Chávez ha comenzado a fluir una marcha espontánea. Ahí hay un rally de miles que bailan y conversan. También hay venta de camisetas. Ilegales son Bush y Condolezza y Rumsfield, ellos cruzaron ilegales hacia Irak.
Sobre el último puente antes de llegar a México lucen cual habitantes de otro mundo las parabólicas. Está Fox, el ocho, el diez, Univisión. Una hilera de antenas apuntan hacia el país del sur, el que de común ignora la mayoría. Hay tantos reporteros que forman en sí una manifestación de curiosos. A mi lado la reportera de Fox da un recuento somero de cuanto ocurre. Van en hilera, consigna. Los escoltan, en fila, también, cuatro patrullas. Van en paz, pacíficos, no ha habido incidentes.
La sorpresa entre los reporteros es esa. Llevan años difundiendo los crímenes al sur del ocho. Sólo los crímenes llevan a la comunidad hispana a la pantalla y hoy, ay hoy, el estereotipo se les cae, estrepitoso. No hay crímenes, no hay desorden. Sólo una larga hilera de pacíficos que protestan.
Parque Balboa
Mi última parada es Balboa. Los números aumentan, el entusiasmo y la alegría también. Ha sido una jornada exitosa para mi comunidad. Me sorprendo del orden, la capacidad de convocatoria, la rapidez en la organización, otra vez la espontaneidad. La genuina presencia de la espontaneidad conmueve, llama a las lágrimas. Son gente común. No hay líderes, no parece haberlos, digo evidentes, colmilludos, políticos. No hay discursos, no hay sino espontaneidad, frescura, ganas de reconocerse. "Ya nadie nos para..." dice uno al tiempo en que lanza una risa nerviosa. Todos se miran, se sonríen, se observan desde adentro. Es una sorpresa mayúscula para todos ver a tantos.
Al otro lado de la banqueta uno sale a oponérsele a la bola. Uno, uno, uno. Ni siquiera consiguió convocar a un amigo, a su esposa, a algún otro pariente. Se lo pregunto y no hay respuesta. Está solo y lleva su pancarta, "contra la migración ilegal".
Y el río de gente viene de Laurel, de la Sexta, se junta en este parque desde donde los sueños se escapan hacia el cielo. La muchedumbre es como un montón de flores que han brotado del suelo, de los campos, de los caminos. Se han visto y siguen sorprendidos. Sorprendidos estarán también quienes se empeñan en no verlos. ¡Cómo es posible!
No hay más palabras. Siento emoción y continúo asombrada. Apenas las imágenes para decirme que fue cierto.
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